Não me lembro se existiram dias de chuva
Não me lembro se existiram dias de chuva nos verões da minha infância. Não sei se fui eu que escolhi não gravar tais arquivos no disco da memória ou se, de facto, não aconteceram. A ausência de imagens dos momentos de pluviosidade justifica-se, talvez, pela dúvida de pensar: o que se fazia nesses dias cinzentos?! Para onde se voltavam as energias quando o sol não espreitava, já que ser criança, nos anos 80/90, significava fazer da rua uma casa, e dos amigos, uma grande família.
Tive a sorte de crescer numa época em que as formas de controlo eram reduzidas (em certos casos, inexistentes), sendo que as férias escolares representavam (mais) liberdade e autonomia, pois eram poucas as famílias que se brindavam o privilégio de “fazer férias” fora de casa. Nem acredito como tínhamos imensas horas sem qualquer vigilância parental, tantos momentos que poderiam ter virado tragédia, num piscar de olhos. Aconteciam coisas más, como é evidente, algumas só sabiam a posteriori, e muitas outras passaram a figurar do património dos traumas e recalcamentos. No final das contas, creio que o saldo, entre a diversidade de experiências que tivemos a oportunidade de vivenciar, é mais do que positivo.
A maior parte do meu desenvolvimento infantil/juvenil ocorreu num bairro, do tipo social, de classe média baixa de Aveiro, Portugal. Nos primeiros anos em que lá habitámos, a urbanização tinha bom aspeto e um clima familiar, onde os espaços verdes abundavam e a piscina exterior consistia no sinónimo de êxtase da criançada. Era maravilhoso dar uns bons mergulhos e aproveitar o sol! - não me lembro de usar protetor solar. Quem usava?! Andávamos de bicicleta – caí muito e os joelhos ainda denotam as cicatrizes das crostas que eu gostava de tirar (e comer!) – jogávamos às escondidas, à apanhada, ao macaquinho de chinês… Também ao STOP Estátua, uma brincadeira do género de bullying consentido, em que levávamos cachaços ao passar no meio de uma fila de colegas ávidos por nos acertar. Naquele bairro, no verão, também se organizavam campeonatos familiares, uma espécie de “Jogos sem fronteiras” com direito a prémios e medalhas – recordo-me do meu pai ter sido requisitado para as equipas de futebol.
Uns anos mais tarde, o bairro transformou-se num local pouco apetecível de se residir, do qual eu sentia vergonha, quando me tornei adolescente - não era fácil lidar com a pressão social e com o estigma das origens. O que em tempos representou um cenário seguro em que os mais pequenos brincavam livremente, foi-se tornando num espaço degradado, no qual a droga e a violência começaram a criar raízes...
Em todos os momentos (bem) vividos da infância, não me lembro de chover… na
minha mente não permaneceu o tédio de não poder correr e dar cambalhotas pela
relva. Quiçá, a chuva não penetrasse os ossos como agora; sentia-se leve e mágica,
na esperança de se poder contemplar um novo arco-íris. Cada dia significava uma verdadeira aventura.
Cheiro de terra molhada
Chuva de verão."
(Maria Angélica Shiotsuki)
No recuerdo si existieron días de lluvia
No recuerdo si había días de lluvia durante los veranos de mi infancia.
No sé si fui yo quien eligió no guardar esos recuerdos en la memoria o si,
realmente, nunca ocurrieron. La ausencia de imágenes de momentos lluviosos se
explica, quizá, por la duda de pensar: ¿qué hacíamos en esos días grises?
¿Hacia dónde dirigíamos nuestras energías cuando el sol no se dejaba ver, si
ser niño en los años 80 y 90 significaba convertir la calle en un hogar y a los
amigos en una gran familia?
Tuve la suerte de crecer en una época en la que las formas de control
eran escasas (y, en algunos casos, inexistentes), y en la que las vacaciones
escolares representaban aún más libertad y autonomía, pues eran pocas las
familias que podían permitirse el privilegio de “irse de vacaciones”. Todavía me cuesta creer la enorme cantidad de horas que pasábamos sin
supervisión parental, tantos momentos que podrían haberse convertido en
tragedias en un abrir y cerrar de ojos. Sucedían cosas malas, por supuesto; de
algunas nos enterábamos después, y muchas otras quedaron relegadas a los
confines de los traumas. Sin embargo, creo que el balance,
considerando la diversidad de experiencias que tuvimos la oportunidad de vivir,
es más que positivo.
La mayor parte de mi desarrollo infantil y juvenil transcurrió en un
barrio de viviendas sociales de clase media-baja en Aveiro, Portugal Durante los
primeros años que vivimos allí, la urbanización tenía buen aspecto y un
ambiente familiar, donde abundaban las zonas verdes y la piscina al aire libre
era sinónimo de felicidad absoluta para los niños. ¡Era maravilloso darse
buenos chapuzones y disfrutar del sol! No recuerdo usar protector solar. ¿Quién
lo usaba?
Andavamos en bicicleta. Me caí muchas veces y mis rodillas todavía
conservan las cicatrices de las costras que me gustaba arrancarme (¡y
comerme!). Jugábamos al escondite, al pilla-pilla, al juego de la estatua
china… También al STOP Estatua, una especie de juego de acoso consentido, en el
que recibíamos golpes al pasar por el medio de una fila de compañeros
ansiosos por acertarnos. En aquel barrio, durante el verano, también se
organizaban campeonatos familiares, una especie de “Juegos sin fronteras”, con
premios y medallas incluidos. Recuerdo que mi papá era reclutado para los
equipos de fútbol.
Unos años más tarde, el barrio se transformó en un lugar poco atractivo
para vivir, del que yo sentía vergüenza cuando me convertí en adolescente. No
era fácil lidiar con la presión social y con el estigma de los orígenes. Lo que
en otro tiempo había sido un entorno seguro donde los más pequeños jugaban
libremente fue convirtiéndose en un espacio degradado, en el que la droga y la
violencia comenzaron a echar raíces...
En todos los momentos felices de mi infancia no recuerdo la lluvia… En mi
mente no permaneció el aburrimiento de no poder correr ni dar volteretas sobre
la hierba. Quizá la lluvia no se colaba entonces en los huesos como ahora; se
sentía ligera y mágica, con la esperanza de poder contemplar un nuevo arcoíris.
Cada día era una auténtica aventura.



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