O melhor plano é não ter plano

 

A frase “O melhor plano é não ter plano” é da autoria de um grande amigo e, cada vez que a ouço, rendo-me ao mágico poder de um sorriso. Traduz a ideia da manifestação das infinitas possibilidades, abrindo-se um espaço interno de entrega para que o inesperado aconteça.

A vida assemelha-se a um jogo de tabuleiro em que as regras estão sempre a mudar e em que a imprevisibilidade gosta de fazer umas visitas periódicas. O ser humano anseia pelo controlo, nos mais diversos formatos, procurando o lugar de conforto onde se possa sentir seguro. Planear acontecimentos evoca a ilusão de que tudo correrá sobre rodas.

No caminho de autoconhecimento, tenho aprendido a observar os meus mecanismos de reação nos momentos de crise. A partir de uma análise de vulnerabilidade, reconheci que capacidades distintivas como a organização e o planeamento, tão úteis em diversos domínios - académico, profissional, pessoal – podem tornar-se, em demasia, num inimigo impiedoso em situações de ansiedade. Cada um de nós resgata o seu instinto “fight ou flight” à sua maneira e de acordo com as circunstâncias. Contudo, acredito que podem existir comportamentos, fruto dos traumas e das experiências vividas, que se cristalizam dentro da nossa psique, sem darmos por isso.

Planear é bom (ótimo!), mas viver mais no futuro do que no presente revela-se tremendamente prejudicial para o nosso bem-estar. Deixamos de estar atentos ao que sucede, minuto a minuto, e passamos a ser personagens, diretores e espetadores de uma peça de teatro cujo palco se localiza no “andar de cima” – ufa, que cansaço! A mente egóica, desesperada por controlar, torna-se a mais austera ditadora das nossas emoções. E lá vamos nós, fazer planos em catadupa, engendrando mil e uma forma de enquadrar a realidade, viciados no permanente rodopio do fazer-fazer-fazer.

Quando esquecemos um pouco as agendas e estendemos o peito para que o vier, os milagres acontecem. Ao falar de milagres não me refiro a algo místico ou transcendental; mas à oportunidade de testemunharmos a vida, no momento presente, repleta de tesouros que não cabem nas enfadonhas check lists que o ego aprecia e que nos devolvem pedaços de culpa e de desilusão quando surge o imprevisto.

Termino com uma frase inspiradora para gravar no meu coração, especialmente nos instantes em que a cabeça voa em direção às milhentas diligências e cronogramas:

“Não faças planos para a vida para não estragares os planos que a vida tem para ti”

(Agostinho da Silva)

 

 

 Texto en Español

El mejor plan es no tener plan

La frase «El mejor plan es no tener plan» es de la autoria de un gran amigo y, cada vez que la escucho, me rindo al mágico poder de una sonrisa. Transmite la idea de la manifestación de infinitas posibilidades, abriendo un espacio interior de entrega para que ocurra lo inesperado.

La vida se asemeja a un juego de mesa en el que las reglas cambian constantemente y en el que la imprevisibilidad disfruta haciendo visitas periódicas. El ser humano anhela el control, en sus más diversas formas, buscando ese lugar de confort donde pueda sentirse seguro. Planear eventos evoca la ilusión de que todo saldrá sobre ruedas.

En mi camino de autoconocimiento, he observado cuáles son mis mecanismos de reacción en los momentos de crisis. A partir de un análisis de vulnerabilidad, reconocí que capacidades distintivas como la organización y la planificación, tan útiles en diversos ámbitos -académico, profesional y personal-, pueden llegar a convertirse, cuando se llevan al exceso, en un enemigo implacable en situaciones de ansiedad. Cada uno de nosotros activa su instinto de «lucha o huida» a su manera y de acuerdo con las circunstancias. Sin embargo, creo que pueden existir comportamientos, fruto de los traumas y de las experiencias vividas, que se cristalizan en nuestra psique sin que siquiera lo advirtamos.

Planear es bueno (¡excelente!), pero vivir más en el futuro que en el presente resulta tremendamente perjudicial para nuestro bienestar. Dejamos de prestar atención a lo que sucede minuto a minuto y pasamos a ser personajes, directores y espectadores de una obra de teatro cuyo escenario se encuentra «en la planta de arriba»: ¡uf, qué cansancio! La mente egoica, desesperada por controlar, se convierte en la más austera dictadora de nuestras emociones. Y ahí vamos de nuevo, haciendo planes sin parar, ideando mil y una formas de encajar la realidad, adictos al incesante torbellino del hacer, hacer y hacer.

Cuando olvidamos un poco las agendas y abrimos el pecho a lo que venga, los milagros suceden. Y al hablar de milagros no me refiero a algo místico o trascendental, sino a la idea de ser testigos de la vida, en el momento presente, llena de tesoros que no caben en las tediosas listas de tareas que tanto aprecia el ego y que nos devuelven fragmentos de culpa y decepción cuando aparece lo imprevisto.

Termino con una frase inspiradora para grabar en mi corazón, especialmente en aquellos momentos en que la mente vuela hacia las innumerables tareas y cronogramas:

«No hagas planes para la vida para no estropear los planes que la vida tiene para ti».

(Agostinho da Silva)

 

 

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